Vórtice Estreno: 2010

“Vórtice” o el ojo de cualquier tormenta, es la primera obra de una trilogía de espectáculos de danza a partir de la vida y obra del pintor inglés Francis Bacon (Dublín 1909-Madrid 1992). Su convulsa vida y su obra sin duda una de las más estremecedoras y profundas del siglo XX, son en este espectáculo escénico, el punto de partida y detonante de los cuerpos en movimiento. El escenario se nos presenta como un gran lienzo en blanco donde se retrata ese universo de tensiones que él deseaba mostrar en su pintura: “Me gustaría que mis cuadros se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellos como un caracol, dejando un rastro de presencia humana y de la memoria del pasado, igual que el caracol va dejando su baba”. Siempre fiel a la idea de que el arte nos devuelve esencialmente a la vulnerabilidad de la situación humana, la obra de Bacon es una constante reflexión sobre la fragilidad del ser, intentando impactar al espectador haciéndole tomar conciencia de la crueldad y violencia del ser humano.

Sobre la espaciosa tierra extendida, nos alineamos en rebaño

salvando las olas y volando sin alas, y acudimos

en encarnizada persecución, dejando otras naves a popa

Y ahora está aquí, en algún lugar, escondido como un conejo

Y el hedor a sangre humana me sonríe alegrando mi corazón.

Quienes hablan son las Furias —las divinidades castigadoras de los que cometen crímenes contra su misma sangre— un verso de Esquilo, de Las Euménides, la tercera parte del tríptico de La Orestíada. En “Vórtice” cuatro mujeres como las Furias persiguen la sombra de un hombre y a través de ellas indagamos el concepto de “lo extraño inquietante” o de “lo siniestro”: “lo que debía de haber quedado oculto, secreto, pero que se manifiesta”, así nos referimos a fenómenos psicológicos que tienen que ver con la angustia, con el fantasma, con lo pavoroso. Esos fantasmas que despiertan secuencias de imágenes aparentemente sin relación pero que abren, “las válvulas de la imaginación”. Estas sombras que acosaron a Bacon, lo mismo inspiración que tortura, se convirtieron en las más diversas formas de tensión radical, las que se tienden entre el autocontrol y el desborde, entre el amor y la aniquilación. La realidad corporal en su constante inestabilidad y transformación, socavada desde su interior por la muerte, objeto de deseo y al mismo tiempo de abominación: todos somos cadáveres en potencia. El cuerpo de estas cuatro mujeres se convierte en el vórtice oscuro que le permite ver y escudriñar la aparente calma en medio de la tormenta.

Humberto Canessa